Siempre quise ir a Grecia porque de niño me encantaba leer sobre los dioses, los mitos, los héroes y todo ese mundo. Así fue que un día me encontré haciendo una escala de unas seis horas en Atenas, que me las pasé intentando dormir en el aeropuerto porque a las 6 de la mañana salía el vuelo a Santorini. Y unos cinco días después estábamos desembarcando, cerca de las ocho de la mañana, en el histórico puerto de El Pireo.
El ferry para llegar a Atenas tuvo sus cositas. Viajamos de madrugada, y compramos el boleto más barato que había, si no me falla la memoria alrededor de unos treinta euros cada uno en aquel momento. Como estábamos muy cansados nos tiramos a dormir en el suelo, con la mala suerte de que nos tiramos justo debajo de lo que resultó ser una especie de barcito que, cuando lo abrieron, nos pidieron amablemente que nos quitáramos de ahí. El otro detalle fue que, si bien existía una ley de prohibición de fumar en espacios cerrados, la realidad es que no era muy respetada, entonces iba mucha gente fumando y, cuando nos despertaron, nuestras gargantas estaban verdaderamente carrasposas, así que terminamos saliendo a cubierta a respirar un poco de aire puro.
Unas cinco horas después amarrábamos en Atenas. La cosa arrancó complicada. La capital griega estaba en momentos difíciles, y lo primero que nos encontramos fue que había paro de taxistas, pero logramos dar con un tren que nos servía para llegar al hotel. Y cuando llegamos, resultó que el piso de nuestra habitación estaba sin luz y no tenían más disponibilidad; eso sí, nos podían acomodar en otro hotel cercano con las mismas comodidades. Accedimos enseguida, nos ofrecieron el traslado hasta ahí, y todo bien.
Superado el tema del alojamiento, y tras una merecida ducha, arrancó la maratón ateniense: solo teníamos 24 horas (gran error) y había que conocer lo más posible.
En Atenas podríamos hablar de mil cosas, y la más obvia sería la Acrópolis. Pero me voy a detener en mi primer encuentro con el viejo esplendor griego, lo primero que visitamos y que me partió la cabeza: el Ναός του Ολυμπίου Διός, o Templo de Zeus Olímpico. Si miran la foto de portada de este post, el de rojo soy yo; fíjense en la altura de esas columnas.
Vista del Templo desde la Acrópolis — Foto A Veces Viajo
Pero arranquemos por el principio.
Fue construido sobre un viejo santuario al aire libre que estaba dedicado al mismo dios. Ya había existido un templo ahí alrededor del 550 a.C., pero había sido demolido, y este nuevo y gigantesco templo comenzaría a construirse en el 520 a.C. En esas épocas hubo una sucesión de tiranos gobernando la ciudad y, bien cosa de tiranos, se buscaba que fuera el más grande. Pero, lógicamente, esos gobiernos carecían de estabilidad: ya en el 510 Hipias fue derrocado y se frenó la obra. Fíjense que a los diez años la construcción ya estaba parada, y eso teniendo en cuenta que las obras de esta magnitud llevaban muchísimos años en completarse.
Durante la democracia ateniense se consideraba una señal de tremenda arrogancia construir a esta escala, y tuvieron que pasar más de 300 años para retomar la obra, que solo contaba con la plataforma y el inicio de algunas columnas. Fue el rey seléucida Antíoco IV Epífanes —de quien se dice que era muy extravagante y generoso, y que tenía el divague de ser la encarnación del mismísimo Zeus en el mundo— quien revivió el proyecto aportando dinero para terminarlo. Todo ese tiempo transcurrido hizo que el diseño original y los materiales cambiaran: ya no sería de piedra caliza sino de mármol, e incluso cambió el estilo de las columnas, que originalmente iban a ser dóricas y terminaron siendo corintias.
Órdenes dórico, jónico y corintio.
La construcción final tendría 104 columnas de 17 metros de alto por 2 de diámetro, una verdadera locura. ¿Pero adivinen qué pasó? Antíoco murió y la obra se paró de nuevo. Con el agregado de que Atenas fue saqueada por el general romano Sila, que llegó a robarse pedazos de columnas y llevarlos a Roma para usarlos en el Templo de Júpiter. Fue Adriano, ya en el siglo II d.C., quien finalmente completó la obra, más de seis siglos después de empezada.
El templo fue adornado en su exterior con estatuas de dioses, e incluso del propio Adriano. Pausanias, un viajero contemporáneo al emperador, decía que la estatua dedicada a Zeus solo era superada en tamaño por el Coloso de Rodas, y que estaba hecha de oro y marfil.
Y duró menos en funciones de lo que demoraron en construirlo, porque en el año 425 fue cerrado: el emperador cristiano Teodosio II prohibió el culto a los antiguos dioses.
Ya en la Edad Media se utilizaron varios de sus materiales en distintas construcciones de la ciudad, y para 1436 Ciriaco de Ancona documentó solo 21 de las 104 columnas originales.
Hoy quedan apenas 16, y una de ellas está desparramada en el piso por culpa de un temporal que azotó Atenas en 1852. Lamentablemente no queda nada de su antiguo y magnífico interior, ni de sus adornos exteriores. Pero así y todo se las arregla para ser bastante impresionante, aunque se hace difícil imaginar cómo habrá sido en sus tiempos de gloria. A mí realmente me partió la cabeza: haber visto durante la infancia y la adolescencia imágenes y fotos de estos lugares, y después tener la posibilidad de verlos en persona, es totalmente distinto. Cuando les digan que hoy por internet se puede ver todo, es verdad, pero no es lo mismo que experimentarlo.
Un dato importante: la visita no es gratis. Hay que pagar una entrada que se puede comprar online, ya sea solo para el Templo o en un ticket combinado que incluye otros lugares como la Acrópolis o la Biblioteca de Adriano, entre otros. Nosotros compramos uno combinado.
Sobre la Acrópolis solo agregar que es realmente maravillosa, aunque, con la locura del poco tiempo, lo hicimos por nuestra cuenta, sin guía, y eso hace que la experiencia, si bien está buenísima, no sea lo mismo que si te van explicando lo que estás viendo. Y una advertencia: si van en verano como nosotros, no cometan la locura de subir al mediodía, porque el sol y la temperatura los van a matar. Pero por el poco tiempo que teníamos fue lo que pudimos hacer.
Subiendo a la Acrópolis — Foto A Veces Viajo
También recorrimos Plaka, que es el barrio antiguo (y muy turístico también) de Atenas. Con callecitas de adoquines y muchas tiendas y cafés sobre la vereda, es muy pintoresco, aunque un poco elevado de precios.
Pero un viaje que había arrancado movido no podía no terminar movido también, porque resulta que cuando nos íbamos del hotel nos cruzamos unos ingleses muy simpáticos, hinchas del Liverpool, con los que conversamos un rato porque en ese momento Luis Suárez era figura en el equipo. Ambas parejas íbamos para el aeropuerto y con el mismo destino, Londres, pero aunque deberíamos haberlos seguido a ellos, que tenían más experiencia con los subtes, tomamos caminos distintos. Cuestión que había que tomar dos trenes: uno hasta una estación, y ahí pasaba el que iba directo al aeropuerto. Eso hicimos, pero en un momento, cuando veníamos solos en el vagón, el tren se detuvo en el túnel, en el medio de la nada, y empezó a bajar las luces. A los pocos minutos (que parecieron una eternidad) aparece el conductor que, gracias a Zeus, entendía y hablaba inglés. Entonces nos explicó que le habíamos errado al tren: que era la línea correcta pero teníamos que fijarnos que el destino dijera Aeropuerto, que no nos preocupáramos, que él tenía que volver en unos minutos y ahí nos bajábamos en la estación, cruzábamos la vía y tomábamos el correcto. Así volvimos a encontrarnos con nuestros amigos ingleses y subimos al tren correcto para emprender la retirada rumbo a Londres, que sería nuestro próximo destino.
Para cerrar, y volviendo al tema principal de este post, les dejo un poco de música, porque en 2001 el compositor griego Vangelis organizó en el Templo de Zeus la sinfonía coral Mythodea - Music for the NASA Mission: 2001 Mars Odyssey, que coincidía con la entrada de la nave espacial Mars Odyssey en la órbita de Marte.