La primera vez que estuvimos en París fue el final del viaje de la primera vez (valga la redundancia) que estuvimos en Europa.

Llegamos a París desde Dublín. No les conté, pero de Londres a Dublín y de ahí a París viajamos por Ryanair, una compañía low cost que se toma muy en serio que te salgas mínimamente de sus reglas. Con ellos tuvimos dos episodios. El primero muy simple: exceso de equipaje de parte del grupo viajero, que se resolvió pagando una cuantiosa (cuantiosa en serio) multa. El segundo me tocó a mí, y fue no por peso sino por dimensiones del equipaje. Yo viajaba con un carry-on que no era rígido, por lo que se deformaba según el contenido. Cuestión que llego al control y una muchacha me pide muy amablemente que deposite mi “maleta” en una estructura que tiene las dimensiones máximas toleradas, para ver si cumplía con las reglas. Pero a mi bolsito deforme le sobraban unos centímetros en una esquina. Entonces se da un diálogo en inglés más o menos así, donde ella jamás perdió su cortesía:

— Sorry sir, pero va a tener que pagar despacho de equipaje. — No hay chance, serán tres centímetros que sobran. — Sorry, reglamentations. — No me vas a cobrar un montón de euros por unos centímetros. — Ok, quite la maleta y pruebe nuevamente, señor.

Ahí saqué mi bolso del casillero y, sin dejar de mirarla a los ojos, apliqué toda mi fuerza en meter mi bolso en el compartimento, y mágicamente no solo no sobraba nada, sino que tenía espacio a favor. Ella, sonriendo, me dijo “¡Perfecto! Puede pasar”, y cuando quise sacar mi bolso estaba encastrado y casi me lo llevo con estructura y todo.

Estación de metro en París Estación de metro en París — Foto de romain passelande en Unsplash

Pero vinimos a hablar de París. Llegamos al aeropuerto de Orly, que queda al sur, bastante lejos del centro, y ahí nos subimos a un shuttle bus que después de un buen rato nos dejó en una especie de rotonda enorme entre autopistas. Tuvimos algunas dificultades para orientarnos pero, luego de dar varias vueltas en círculos, logramos ubicar la estación de metro que nos llevaba directo a la estación de Anvers, entre los barrios de Pigalle y Montmartre, a unas pocas cuadras de nuestro hotel.

En el metro tuvimos un nuevo inconveniente, y fue que, por la valija, quedé trancado en los molinetes, que además tenían unas puertas que abrían unos segundos al leer el ticket, por lo que tampoco se podía saltar el molinete para solucionarlo. Ahí apareció una chica que, entre señas y alguna palabra suelta de español, me dijo que pasara el equipaje por arriba y luego pasara las puertas bien pegadito a ella, y funcionó perfecto.

Vista aérea de Montmartre Vista aérea de Montmartre — Foto de Henrique Ferreira en Unsplash

Después de todas estas aventuras llegamos a Le Perfect Hotel/Hostel, un muy económico alojamiento en la Rue Claude Rodier. ¿Y por qué la aclaración de Hotel/Hostel? Porque las habitaciones eran bien típicas de hotel, pero en la cocina había una heladera compartida y algún otro electrodoméstico para uso de los huéspedes, cual si fuera un hostel. También se servía un simple pero muy rico desayuno.

Luego de una buena ducha y una pequeña siesta, porque estábamos realmente muy cansados, arrancamos caminando sin rumbo por la calle del hotel hacia el sur. Como la cuadrícula parisina es todo menos una cuadrícula, nos fuimos metiendo entre diagonales y callecitas, lo que nos hizo pasar por el imponente Palais Garnier (la ópera de París) y, siguiendo al sur, llegamos por total azar a la zona del Louvre, lo cual fue bastante impactante. Seguimos por los Jardines de las Tullerías, vimos mucha gente jugando al juego de la mosqueta, comimos crepes en la feria donde está la rueda gigante (noria) y pasamos el día así, caminando sin rumbo, relajados.

Pirámide del Louvre Pirámide del Louvre — Foto A Veces Viajo

Al otro día por la mañana nos fuimos a hacer el tour a pie, que lo guiaba un estudiante colombiano muy macanudo que nos llevó a casi todas las atracciones clásicas de París: Notre-Dame, el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos, etc. ¿Sabían que el Arco del Triunfo tiene unos túneles para cruzar la muy transitada avenida y llegar al arco mismo?

Ese día caminamos un montonazo porque, después de las tres horas de caminata con el tour, seguimos por la nuestra hasta la Torre Eiffel, donde nos tomamos unas cervecitas —que intenté regatearle al vendedor con muy pero muy poco éxito— sentados en el pasto al pie de la torre.

Moulin Rouge Moulin Rouge — Foto de Lola Delabays en Unsplash

La tardecita nos encontró en la zona del hotel, que quedaba muy cerquita de la Basílica del Sacré-Cœur, adonde subimos y vimos toda la ciudad iluminada por la noche, seguramente una de las mejores postales que nos quedaron en la memoria de París. Seguimos caminando por el Boulevard de Clichy y resultó que estábamos en el barrio rojo de París: terminamos casualmente en la puerta del Moulin Rouge, que fue un gran cierre para toda esta primera experiencia en la capital francesa, porque al otro día ya nos íbamos, no solo de París, sino de esta primera visita a Europa. Varias horas (escala en Madrid mediante) después, estaríamos nuevamente en Uruguay, con esa mezcla de alegría por volver a casa y tristeza por el fin de la aventura, que yo no sabía pero se le llama síndrome postvacacional y se define como un bajón pasajero del ánimo al volver a la rutina.

Torre Eiffel Torre Eiffel — Foto A Veces Viajo